La operación de realojo desborda todas las previsiones: la Policía traslada a 1.700 migrantes al Muelle de Poniente mientras más de 2.000 regresan a los asentamientos de Benítez y El Trampolín ante la falta de espacio, en una jornada marcada por estampidas, cargas policiales y la saturación de un dispositivo que no logra desmantelar las playas
El dispositivo habilitado por el Gobierno en el Muelle de Poniente del Puerto de Ceuta ha completado su aforo en cuestión de horas. Las 1.700 plazas disponibles en las 40 carpas de 36 metros cuadrados instaladas sobre los 16.000 metros cuadrados del recinto portuario se agotaron antes del mediodía del viernes, dejando a más de 2.000 personas sin acceso al campamento y obligándolas a regresar a los asentamientos improvisados de las playas de Benítez y El Trampolín. El resultado es una paradoja que resume la crisis: las nuevas instalaciones, presentadas como la solución al hacinamiento en los arenales, no han servido para vaciarlos.
«No nos están cuidando de la manera que necesitamos»
Entre los trasladados, la satisfacción por disponer de una litera con colchón, sábanas y toalla nueva se mezcla con quejas sobre las carencias del dispositivo. Uno de los realojados, un joven marroquí de 24 años llamado Youssef, procedente de Casablanca y que entró en Ceuta nadando por la playa del Tarajal durante la entrada masiva de finales de julio, resumía su frustración con una frase que se ha convertido en el símbolo de la jornada: «No nos están cuidando de la manera que necesitamos. No hay ningún lugar para cargar el móvil».
La protesta de Youssef no es un capricho aislado. Según informaciones previas, en los asentamientos de las playas y en las redes de alojamiento ilegal que operan en la ciudad, cargar el teléfono móvil se había convertido en un negocio: la organización desarticulada por la Policía Nacional cobraba entre cinco y diez euros por una carga completa, sumando ese importe al alquiler de plazas de garaje, trasteros y espacios sin condiciones de habitabilidad por los que llegaban a pedir 900 euros al mes. Para personas que dependen del móvil como única vía de contacto con sus familias, para gestionar su situación administrativa o simplemente para orientarse en una ciudad desconocida, no poder cargar el teléfono es una carencia que va más allá de lo material.
El propio Youssef reconoció que, a lo largo de la mañana, los baños portátiles que inicialmente faltaban en su recinto —una nave portátil alargada con hileras de literas— habían sido instalados. Pero la falta de puntos de carga persistía, un detalle logístico que contrasta con la magnitud de la operación desplegada.
Un operativo desbordado por la aritmética
La explicación del colapso es numérica. El campamento del Muelle de Poniente tiene capacidad para 1.700 personas, según las cifras oficiales. Los asentamientos de las playas de Benítez y El Trampolín albergaban a más de 4.000 migrantes en el momento de iniciarse el traslado. Esa diferencia de más del doble entre plazas disponibles y personas a reubicar convirtió el operativo en una carrera por un puesto.
La jornada arrancó poco después de las 6:30 horas con el despliegue de la Guardia Civil. Lo que debía ser un traslado ordenado en grupos de aproximadamente un centenar de personas derivó en una estampida masiva cuando los migrantes, temiendo quedarse sin plaza, comenzaron a correr hacia el recinto portuario. Los agentes emplearon material antidisturbios para contener la avalancha, se produjeron disparos al aire y varias personas sufrieron heridas leves.
Al mediodía, con el cartel de «completo» colgado en el puerto, la escena se invirtió: cientos de personas emprendieron el camino de vuelta a las playas. A última hora de la tarde, más de 2.000 migrantes habían regresado a los arenales, y el asentamiento de El Trampolín seguía «completamente lleno», según testigos directos. El objetivo declarado de la operación —desmontar el mayor asentamiento ilegal de la ciudad— quedó, al menos inicialmente, sin cumplir.
La polémica ubicación de un campamento en una infraestructura crítica
La instalación del campamento en el Muelle de Poniente no ha estado exenta de controversia desde su anuncio. El recinto portuario alberga tuberías soterradas de avituallamiento de combustible, depósitos de gran capacidad y el tanque que alimenta la central diésel que suministra electricidad a la ciudad autónoma. El presidente de la Autoridad Portuaria de Ceuta, Juan Manuel Doncel, denunció que se enteró del traslado por televisión y calificó la ubicación de «profundamente crítica».
El Sindicato Unificado de Policía (SUP) también cuestionó la idoneidad del emplazamiento y llegó a solicitar su paralización, alertando del riesgo que suponía situar a miles de personas en las proximidades de instalaciones de almacenamiento y suministro de combustible.
Las playas que no se vacían
El dispositivo del puerto forma parte de una red de acogida temporal que, según el Gobierno, ha alcanzado las 6.000 camas. A pesar de ello, el viernes por la noche quedaban cerca de 3.000 personas sin techo en Ceuta, la mayoría de vuelta en los asentamientos de Benítez y El Trampolín.
La situación no es homogénea. La ONG Luna Blanca ha advertido de que el foco más preocupante en términos humanitarios se localiza en las naves del Polígono Industrial del Tarajal, donde alrededor de 25 familias con mujeres y niños, junto a un número indeterminado de menores no acompañados, permanecen sin reparto de comida desde hace una semana por falta de recursos tras concluir el convenio de financiación con la Ciudad Autónoma.
Mientras tanto, en el campamento del puerto, quienes lograron una plaza disponen de literas, sábanas y toallas nuevas, baños compartidos y puntos de suministro eléctrico. Para Youssef, el joven de Casablanca que soñaba con «papeles, ayudas, trabajo», la realidad es una nave portátil con hileras de literas y la imposibilidad de cargar su teléfono. Una decepción más, la enésima, en una crisis que sigue buscando su punto de equilibrio.

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