El régimen de los ayatolás ha convertido las fachadas de la capital en un gigantesco lienzo de propaganda bélica. Con murales que muestran a Donald Trump en un ataúd, la Estatua de la Libertad derribada o un portaaviones estadounidense cargado de cadáveres, Teherán libra una batalla paralela por la narrativa global, diseñada para ser compartida por los medios internacionales.
Teherán se ha transformado en un museo al aire libre de la confrontación. Desde el estallido de la guerra contra Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero, las paredes de la capital iraní y de otras grandes ciudades se han cubierto de coloridos murales cargados de simbolismo, resistencia y desafío. No es un fenómeno nuevo: desde la revolución islámica de 1979, los murales y pancartas han sido una característica definitoria del paisaje urbano iraní, ubicados en plazas centrales para reflejar el mensaje político del Estado y su política exterior. Sin embargo, la guerra actual ha llevado esta tradición a un nuevo nivel, convirtiéndola en una sofisticada arma de propaganda diseñada para ser vista y compartida más allá de las fronteras de Irán.
Imágenes de muerte y venganza en las plazas de Teherán
Los murales más recientes no dejan lugar a la interpretación. En la plaza Enghelab, uno de los lugares más céntricos y simbólicos de Teherán, se ha desvelado una obra que representa al presidente estadounidense Donald Trump dentro de un ataúd cubierto con la bandera de Estados Unidos, acompañado de inscripciones como «Mataremos a Trump». No muy lejos, en la plaza Palestina, otra instalación muestra la Casa Blanca envuelta en llamas y varias tumbas con el rostro de Trump y otros altos cargos de su administración, con el lema «Sangre por sangre, ojo por ojo».
La familia del presidente tampoco se ha librado de la amenaza visual. Carteles que muestran a la primera dama, Melania Trump, y a sus hijos Ivanka y Barron con los ojos cerrados y hematomas, junto a la palabra «killed» (asesinado) en inglés, han aparecido en la plaza de la Revolución. «Hey, terrorista, prepárate para morir», reza otro cartel sobre una autopista de Teherán.
La Estatua de la Libertad derribada y el portaaviones de los ataúdes
La iconografía antiestadounidense se ha vuelto particularmente creativa. Un mural en la plaza de la Revolución muestra una Estatua de la Libertad derribada, rodeada de multitudes que ondean banderas iraníes y chiíes. En las paredes de la antigua embajada de Estados Unidos, convertida en el museo «Nido de Espías», una versión de la estatua aparece fracturada, con un brazo roto, y la bandera estadounidense luce calaveras en lugar de estrellas.
Otro mural, que ha dado la vuelta al mundo, representa un portaaviones estadounidense transportando filas de ataúdes cubiertos con banderas de Estados Unidos, rodeado de pequeñas embarcaciones con bandera iraní. La imagen evoca el dominio marítimo iraní en el estrecho de Ormuz, la vía por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial.
La sucesión de los Jamenei y la legitimación del nuevo líder
La propaganda no solo amenaza a los enemigos externos, sino que también busca consolidar el poder interno. Un mural en Teherán traza la cronología del liderazgo clerical en Irán: comienza con el fundador de la república islámica, Ruholá Jomeini, seguido por Alí Jamenei, quien murió en el ataque inicial de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, y culmina con su sucesor e hijo, Mojtaba Jamenei. La imagen, que muestra a los tres líderes sobre un campo de flores, con el nuevo líder recibiendo la bandera iraní de manos de su padre, es un poderoso mensaje de continuidad y legitimidad en un momento de crisis.
Una estrategia diseñada para los medios occidentales
Lo que distingue esta campaña propagandística de las anteriores es su audiencia. Los líderes iraníes no solo se dirigen a su población, sino que permiten e incluso animan a las agencias de noticias a fotografiar y difundir oficialmente estos carteles. «Crean estas imágenes para que sean compartidas por los medios de comunicación occidentales y, desde allí, por las redes sociales», explica Darren Linvill, profesor de la Universidad de Clemson.
La estrategia funciona. Imágenes como la de Trump con la boca cosida —un mural en la avenida Valiasr que muestra al presidente con la boca cubierta por un velo azul con forma del estrecho de Ormuz y el lema «En el punto de quiebre»— han sido ampliamente difundidas por la prensa internacional. A pesar del coste de los carteles de gran formato, «en el gran esquema de las cosas, son baratos» en comparación con el impacto mediático que generan.
Una tradición con raíces profundas
Esta cultura de la comunicación visual no es un invento del régimen de los ayatolás. La antropóloga Sepideh Parsapajouh, investigadora del Centro Nacional Francés de Investigación Científica (CNRS), señala que esta tradición se remonta a una práctica llamada «pardeh-khâni», en la que un narrador contaba historias religiosas o épicas frente a un gran lienzo pintado. Desde la revolución, los muros se han convertido en un «espacio de expresión política», un vasto escenario narrativo que refuerza constantemente los valores de la República Islámica, ya sea para ensalzar a los mártires de la guerra Irán-Irak, mostrar eslóganes revolucionarios o expresar hostilidad hacia Estados Unidos e Israel.
Una doble cara: amenaza pública, desescalada privada
Para los analistas, la agresividad de estos murales contrasta con lo que ocurre a puerta cerrada. Janatan Sayeh, analista de la Fundación para la Defensa de las Democracias con sede en Washington, señala que «la imagen lo es todo para el régimen, y no puede permitirse parecer débil ante su base de apoyo. Por eso hay momentos en los que emite amenazas públicas mientras busca desescalar en privado».
Los murales también cumplen una función de control interno. Sayeh añade que la exposición constante a esta propaganda, desde el metro hasta los parques públicos, es «una táctica psicológica destinada a recordar a los iraníes que no hay escapatoria del régimen». Sin embargo, no todos los iraníes lo aceptan pasivamente. Algunos ciudadanos han expresado su enfado por el tono beligerante de los carteles, y una mujer declaró a un periodista que estas imágenes «solo provocan más tensión».
Mientras la guerra continúa en el campo de batalla, Irán libra su particular guerra de imágenes desde los muros de Teherán. Una batalla visual que, con cada mural, intenta convencer al mundo de su fuerza, vengar a sus mártires y consolidar el poder de un régimen que lucha por sobrevivir en medio del conflicto más sangriento de su historia reciente.

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