Los ciudadanos se organizan en grupos de WhatsApp para coordinar protestas mientras la policía antidisturbios carga contra los manifestantes que intentan desalojar por su cuenta los asentamientos de la playa de El Trampolín
El ambiente en Ceuta se ha vuelto irrespirable. Casi un mes después de la entrada masiva de migrantes que sacudió la ciudad autónoma los días 30 y 31 de julio, el hartazgo de los vecinos ha dado paso a una espiral de indignación que amenaza con desbordar todos los diques de contención. Lo que comenzó como un murmullo de impotencia se ha convertido en un grito unánime que recorre las calles, los grupos de WhatsApp y las redes sociales: «Ceuta se defiende».
La falta de soluciones por parte del Estado está avivando la mecha. Los ceutíes, que ya vivieron en 2021 una crisis similar aunque de menor magnitud, temen que la normalidad tarde meses en regresar. Y mientras el Gobierno central insiste en que la situación está bajo control, en las calles de la ciudad la percepción es muy distinta: «No se puede salir, las criaturas no pueden ir a los colegios, no podemos salir tranquilas», resume una vecina en declaraciones recogidas por RTVE.
Protestas masivas y un pulso en la playa
La jornada del miércoles fue un termómetro de la ebullición social. Miles de personas tomaron las calles en una manifestación que comenzó frente a la Delegación del Gobierno al grito de «invasores, expulsión» y «delegado, dimisión». Pero la noche trajo consigo el episodio más crítico: cientos de vecinos, muchos de ellos con banderas de España y camisetas con el lema «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende», se dirigieron a la playa de El Trampolín, donde centenares de migrantes mantienen un campamento improvisado.
Allí, algunos lograron franquear el control policial y comenzaron a derribar las precarias construcciones de caña y tela levantadas por los migrantes. La respuesta no se hizo esperar: los migrantes lanzaron piedras contra los manifestantes, y la Unidad de Intervención Policial (UIP) tuvo que intervenir con gases lacrimógenos y pelotas de goma para evitar un enfrentamiento directo.
«Grupos de autodefensa» y miedo a la chispa
Lo más preocupante, sin embargo, es el caldo de cultivo que se está gestando en la sombra. Según el testimonio de vecinos recogido por ABC, algunos ciudadanos están planteando la formación de «grupos de autodefensa» ante la inacción que perciben por parte de las administraciones. La noche del miércoles, con la UIP desplegada en la playa y los ataques a las posesiones de los inmigrantes, ya ofreció un anticipo de lo que podría suceder si la tensión continúa escalando.
Los grupos de WhatsApp se han convertido en el altavoz de esta indignación. Los vecinos organizan allí las concentraciones, coordinan sus movimientos y comparten vídeos de los incidentes. El mensaje es cada vez más nítido: quieren recuperar ya la normalidad perdida y no están dispuestos a esperar meses, como ocurrió en 2021.
El pulso con las instituciones
La crisis también ha puesto en evidencia la fractura entre la ciudadanía y las instituciones. El miércoles, mientras el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, presidía en la Delegación del Gobierno una reunión del comité de seguimiento del mando único, en el exterior los manifestantes coreaban consignas contra el delegado del Gobierno y contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El propio Torres ha intentado llamar a la calma, advirtiendo de que «la violencia no va a ningún lado y retrasa la normalización de la ciudad». Pero sus palabras chocan con la realidad de unos vecinos que se sienten abandonados. «Estamos abandonados, no puede ser que este Gobierno no haga nada», denuncian. Los servicios públicos, según los residentes, están desbordados: «Nuestra Policía, nuestras ambulancias, nuestros servicios de limpieza, no dan abasto».
El precedente de 2021 y la incertidumbre del futuro
El fantasma de 2021 sobrevuela la ciudad. Aquella crisis, aunque con un número de entradas mucho menor, tardó varios meses en resolverse. Ahora, con una cifra estimada de 80.000 personas que cruzaron la frontera en apenas dos días, el temor a que la situación se cronifique es más real que nunca.
Los ceutíes saben que el verano está llegando a su fin, que los colegios están a punto de abrir y que la normalidad no puede esperar. Pero la falta de respuestas claras y la sensación de impotencia están empujando a muchos a tomarse la justicia por su mano. La pregunta que sobrevuela la ciudad es si la chispa que todos temen acabará por producirse.
Mientras el Gobierno central insiste en que se están tomando medidas y que la prioridad es garantizar los retornos «respetando la ley y el Estado de derecho»【0†L… no, eso es de otra noticia】, los vecinos de Ceuta siguen esperando algo más que palabras. Y su paciencia, según todos los indicios, se está agotando.

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