Un teniente coronel de 53 años de las Fuerzas de Defensa Aérea falleció al estallar su vehículo frente a un supermercado. Su esposa, que lo acompañaba, perdió las piernas en el ataque. Las autoridades investigan el crimen sin señalar aún a los responsables, en un contexto de creciente violencia selectiva que ha puesto en jaque al estamento militar ruso
La guerra que Rusia libra en Ucrania ha encontrado un nuevo y silencioso escenario en sus propias calles. El atentado que costó la vida este jueves a un teniente coronel de las Fuerzas de Defensa Aérea en San Petersburgo no es un caso aislado, sino el último eslabón de una cadena de ataques que, desde el inicio de la invasión, ha sembrado el pánico entre los altos mandos del Ejército ruso. El artefacto explosivo, colocado en el interior del vehículo, detonó alrededor de las 10:00 hora local (9:00 en España) en el barrio de Shushary, al sur de la ciudad. La víctima, de 53 años y cuya identidad aún no ha trascendido, falleció en el acto. Su esposa, que viajaba con él, resultó gravemente herida y, según fuentes cercanas a la investigación, habría perdido ambas piernas en la explosión.
Un patrón que se repite: la «guerra de las sombras»
El ataque, que ha conmocionado a la segunda ciudad más importante de Rusia, se enmarca en una oleada de atentados selectivos que han diezmado la cúpula militar rusa en los últimos años. El Comité de Instrucción de Rusia ha abierto una causa penal por la muerte de una persona dentro de su automóvil, aunque inicialmente las autoridades describieron el incidente como un simple «incendio de vehículo». La prudencia de las autoridades contrasta con la gravedad de los hechos y con la rapidez con la que se ha difundido la noticia a través de canales independientes como Fontanka, que fue el primero en informar del suceso.
El diputado de la Duma y teniente general Víktor Sóbolev ya ha calificado el atentado como un acto de «terrorismo», una etiqueta que el Kremlin evita utilizar para no reconocer la magnitud de la amenaza interna. La sombra de los servicios de inteligencia ucranianos planea sobre todos estos ataques. Aunque Kiev no ha reivindicado oficialmente la autoría de este último atentado, en el pasado sí ha asumido la responsabilidad de otros crímenes similares, mientras que en otras ocasiones ha negado cualquier implicación. La pasada semana, una mujer fue detenida en Crimea bajo la acusación de asesinar a otro oficial ruso en un atentado con coche bomba por encargo de Ucrania.
Una lista de objetivos que no cesa de crecer
La muerte del teniente coronel se suma a una larga y sangrienta lista de altos cargos militares eliminados en territorio ruso. El precedente más inmediato se remonta al pasado 1 de agosto, cuando un paquete bomba explotó en un restaurante de Moscú durante la celebración del 55 cumpleaños del general Aleksandr Cháiko, comandante en jefe de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas. Aquel atentado, en el que fallecieron cinco personas, fue frustrado en parte por el equipo de seguridad del general, que impidió que el artefacto llegara a la mesa principal.
Pero la lista es mucho más extensa. En diciembre de 2024, el jefe de las Fuerzas de Defensa Radiológica, Química y Biológica, Ígor Kirílov, fue asesinado en Moscú. En abril de 2025, le llegó el turno a Yaroslav Moskálik, subjefe de la Dirección Operativa Principal del Estado Mayor. Y en diciembre de ese mismo año, el jefe de la Dirección de Entrenamiento Operativo del Estado Mayor, Fanil Sarvárov, corrió la misma suerte. La estrategia parece clara: golpear el corazón del aparato militar ruso allí donde más duele, en sus propias ciudades, para demostrar que nadie está a salvo.
Una población civil en estado de shock
El atentado ha causado una profunda conmoción en San Petersburgo, una ciudad que, pese a ser la cuna del presidente Vladímir Putin, no había sido escenario de un ataque tan directo contra un alto mando militar en los últimos meses. La explosión, que tuvo lugar frente a un supermercado de la cadena Magnit en un barrio con alta presencia de personal militar, ha dejado a los vecinos en estado de shock. Los artificieros acudieron al lugar y, ante el temor de que hubiera un segundo artefacto, inspeccionaron los vehículos aparcados en las inmediaciones.
El Kremlin, por su parte, ha reforzado en los últimos meses la protección del presidente Putin, consciente de que la amenaza no se limita a los altos mandos, sino que podría alcanzar al propio jefe del Estado. En un contexto de guerra y de creciente inestabilidad interna, cada atentado es un recordatorio de que el conflicto ha traspasado las fronteras de Ucrania y se ha instalado en el corazón de Rusia.
¿Hasta dónde llegará la ofensiva?
La pregunta que se hacen hoy los analistas es si esta estrategia de atentados selectivos logrará su objetivo de desestabilizar al régimen o si, por el contrario, endurecerá aún más la posición de Moscú. Mientras las autoridades rusas mantienen un hermetismo casi total sobre la investigación, la sociedad rusa asiste, atónita, a una guerra que ya no se libra solo en el frente, sino también en sus calles. El próximo objetivo podría ser cualquiera. Y eso, precisamente, es lo que hace que el miedo cale más hondo.

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