Más de 1.800 personas se sientan a la mesa en Bourges mientras LFI y el PCF exigen que los ayuntamientos denieguen locales a Le Canon Français. El rector de la Gran Mezquita de París califica los eventos de «exclusión simbólica» y el Gobierno de Macron evita pronunciarse a ocho meses de las presidenciales.
La escena se repite cada fin de semana en alguna ciudad francesa. Mesas interminables, vino ilimitado, embutidos, costillas de cerdo, salchichas, himnos patrióticos y cánticos regionales. Le Canon Français, la empresa que organiza los banquets géants que están arrasando en la Francia rural, reunió el domingo a 1.800 comensales en la Halle au Blé de Bourges. Y lo que para muchos es una fiesta popular se ha convertido en el nuevo campo de batalla de la guerra cultural francesa.
La Francia Insumisa (LFI) y el Partido Comunista Francés (PCF) han pasado de la denuncia a la ofensiva institucional. La eurodiputada de LFI Emma Fourreau ha reclamado que los ayuntamientos «dejen de ceder locales municipales» a una empresa que, a su juicio, «utiliza la gastronomía como caballo de Troya de un proyecto de extrema derecha». El senador comunista Ian Brossat ha calificado los banquetes de «caballo de Troya de la extrema derecha» durante un acto celebrado en el marco de la Fiesta de L’Humanité, el diario del PCF.
El cerdo como campo de batalla política
El argumento central de la izquierda es que el menú no es una casualidad. La presencia sistemática de carne de cerdo en todos los platos principales de los banquetes —desde el charcuterie de entrada hasta las costillas a la brasa, pasando por el chorizo y los embutidos— convierte el evento en un espacio vedado para los musulmanes y los vegetarianos. «Al incluir habitualmente carne de cerdo en el menú, los banquetes están diseñados intencionalmente para excluir a musulmanes y vegetarianos», sostiene LFI en su argumentario, que también denuncia «cánticos racistas e insultos dirigidos al personal inmigrante» en ediciones anteriores.
La empresa rechaza estas acusaciones. «El menú refleja la cocina francesa clásica, no hay ninguna intención exclusionaria», insisten desde Le Canon Français, que se define como una iniciativa «estrictamente apolítica» dedicada a «celebrar el terruño y la tradición de las aldeas». Los organizadores subrayan que el menú incluye también platos sin cerdo —pollo crapaudine, tarta de patata berrichonne, quesos locales— y que existe una carta de conducta que todos los asistentes deben aceptar al comprar su entrada.
El rector de la Gran Mezquita de París ha terciado en la polémica con una posición intermedia pero incómoda para los organizadores: ha descrito las reuniones de miles de personas «en torno a un cerdo asado» como «una exclusión simbólica de quienes no comparten esa cocina». No ha pedido la prohibición, pero su pronunciamiento ha dado munición argumental a quienes sostienen que el cerdo no es solo un ingrediente, sino un marcador de pertenencia.
El hombre que financia la fiesta
Detrás del debate gastronómico late una cuestión de dinero y de poder. Pierre-Édouard Stérin, multimillonario conservador que amasó su fortuna en el negocio de los vales regalo por internet, es accionista de Le Canon Français a través de su vehículo de inversión. Stérin financia think tanks que abogan por reducir la inmigración, oponerse al aborto y promover la herencia cristiana de Francia. Para LFI, esa conexión es la prueba definitiva de que los banquetes no son una inocente fiesta rural.
«Si hubieran actuado de buena fe, Le Canon Français nunca habría aceptado a Stérin como inversor. Pero lo hicieron: aceptaron su dinero», ha declarado Fourreau. «Y eso se debe a que comparten el mismo ecosistema político, cuyo objetivo es llevar a la extrema derecha al poder». Los organizadores no niegan la inversión de Stérin, pero sostienen que no interfiere en la naturaleza del evento. «No somos un partido político, no hacemos política», repiten.
El contraacto que no pudo celebrarse
La tensión alcanzó su punto máximo en Bourges. LFI y sindicatos de izquierda habían organizado un contraevento a pocos metros de la Halle au Blé, bautizado como «Village contra la Discriminación». La convocatoria fue cancelada tras recibir, según sus organizadores, «cientos de mensajes de amenaza y abusos racistas de una violencia sin precedentes» por parte de personas que decían apoyar los banquetes. El episodio, lejos de calmar los ánimos, ha radicalizado las posiciones.
La policía de Caen ha abierto una investigación preliminar por presunta provocación racial en uno de los banquetes, después de que se difundieran imágenes de un asistente haciendo lo que parecía un saludo nazi. Le Canon Français ha condenado «cualquier comportamiento individual que pueda haber ocurrido» y ha recordado que su carta de conducta es de obligado cumplimiento, aunque admite que no puede controlar «absolutamente el comportamiento de cada persona».
Un silencio gubernamental que pesa
A ocho meses de las elecciones presidenciales de 2027, el Elíseo ha optado por no pronunciarse sobre la polémica de los banquetes. El Gobierno de Emmanuel Macron, que ya carga con el desgaste de un mandato marcado por las protestas de los chalecos amarillos y la reforma de las pensiones, evita entrar en un debate que le obligaría a posicionarse entre la defensa de la tradición republicana y la sensibilidad de la comunidad musulmana, la más numerosa de Europa.
La líder de la extrema derecha, Marine Le Pen, ha guardado también silencio, pero su partido, Agrupación Nacional, ha visto en los banquetes una oportunidad de oro para conectar con un electorado rural desencantado sin necesidad de mencionar la inmigración de forma explícita. El cerdo, en este contexto, funciona como un significante vacío: no se dice a quién se excluye, pero todos lo entienden.
La izquierda, sin embargo, ha decidido no dejar pasar la oportunidad. LFI ha anunciado que presentará una proposición no de ley en la Asamblea Nacional para que los ayuntamientos no puedan ceder locales municipales a eventos que, «por su diseño deliberado, excluyan a una parte de la población por motivos religiosos o dietéticos». La medida, de salir adelante, abriría un nuevo frente jurídico sobre los límites de la neutralidad religiosa en el espacio público francés.

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