La victoria histórica de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt desata las tensiones internas en la CDU, donde sectores del partido exigen replantear la estrategia de confrontación total mientras Merz se aferra al poder con una coalición cada vez más debilitada
La política alemana asiste a un terremoto cuyas réplicas no dejan de multiplicarse. Diez días después de que Alternativa para Alemania (AfD) arrasara en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con un 43,8% de los votos —más del doble que en 2021 y a solo tres escaños de la mayoría absoluta—, el cordón sanitario que los partidos tradicionales habían erigido contra la ultraderecha muestra grietas profundas. La pregunta ya no es si AfD llegará al poder, sino cuándo y a costa de qué.
La última encuesta del instituto GMS, publicada este lunes, confirma la tendencia imparable: AfD alcanza por primera vez el 30% de intención de voto a nivel federal, diez puntos por delante de la CDU/CSU de Friedrich Merz, que cae al 20%. Los socialdemócratas del SPD se estancan en el 11%, empatados con La Izquierda, mientras Los Verdes suben al 14%. El gobierno federal, formado por CDU, CSU y SPD, apenas sumaría un 31% de los votos, una cifra que evidencia el desgaste de una coalición que ya nació con el sello de la provisionalidad.
La fractura interna de la CDU
El verdadero seísmo, sin embargo, se está produciendo dentro de la propia CDU. Fuentes del partido citadas por medios alemanes describen un clima de «guerra civil» entre quienes consideran que el cordón sanitario —la Brandmauer— es un principio irrenunciable y quienes advierten de que mantenerlo a ultranza puede condenar al partido a la irrelevancia. El histórico dirigente democristiano Wolfgang Schäuble, fallecido en 2023, ya advirtió en su momento que «el cordón sanitario no puede convertirse en un fin en sí mismo». Sus palabras resuenan ahora con fuerza en los pasillos del Bundestag.
La ministra principal de Renania-Palatinado, Julia Klöckner, ha sido una de las primeras en alzar la voz. «No podemos seguir ignorando a un tercio del electorado. Si AfD tiene el 30% de los votos, tiene derecho a que sus propuestas sean debatidas con seriedad», declaró la semana pasada en una entrevista al Süddeutsche Zeitung. Sus palabras provocaron un alud de críticas desde la cúpula del partido, pero también un silencio significativo en amplios sectores de la militancia que comparten su inquietud.
Más contundente ha sido el exministro de Sanidad Jens Spahn, quien en un artículo de opinión publicado en el Frankfurter Allgemeine escribió: «La Brandmauer ha servido para aislar a AfD, pero también para aislar a la CDU de los votantes que se han ido con AfD. Necesitamos entender por qué se han ido antes de exigirles que vuelvan». Spahn, conocido por su perfil duro en materia migratoria, aboga por un giro hacia posiciones más restrictivas que recupere el espacio perdido en el flanco derecho.
Merz se aferra al poder
El canciller Friedrich Merz, lejos de ceder terreno, ha redoblado su apuesta por la confrontación total. En su primera comparecencia ante el Bundestag tras la debacle de Sajonia-Anhalt, calificó a AfD de «fuerza destructiva» y afirmó que la formación ultraderechista no logrará mayoría absoluta «en ningún lugar de Alemania». «El 56% de los votantes de Sajonia-Anhalt no les ha votado», subrayó Merz, en un intento de minimizar la magnitud del resultado.
El canciller también arremetió contra la propuesta de «remigración» de AfD —un plan para expulsar masivamente a inmigrantes y demandantes de asilo— y lo calificó sin ambages de «limpieza étnica». «Uno de cada seis trabajadores del sector artesanal tiene pasaporte extranjero. Si aquellos que trabajan en Alemania tuvieran que abandonar el país, el sector artesanal dejaría de funcionar, ninguna residencia de ancianos podría seguir funcionando, ningún hospital del país podría funcionar», advirtió.
Sin embargo, la posición de Merz choca con la de sus propios socios de coalición. El vicecanciller socialdemócrata Lars Klingbeil ha calificado el resultado de Sajonia-Anhalt de «punto de inflexión» y ha exigido replantear el rumbo reformista del gobierno. El secretario general del SPD, Tim Klüssendorf, ha admitido que «el gobierno federal y los partidos que lo integran tienen responsabilidad en el resultado». La coalición, que ya acumulaba tensiones por la política económica y migratoria, se acerca a un punto de ruptura.
El avance en el oeste y las próximas citas electorales
El resultado de Sajonia-Anhalt, aunque espectacular, podría interpretarse como un fenómeno circunscrito al este del país, donde AfD tiene una base sólida desde hace años. Pero las elecciones municipales celebradas este domingo en Baja Sajonia —una región del oeste con una tradición política muy distinta— han desmentido esa lectura. AfD subió casi 12 puntos porcentuales, hasta el 16,5%, triplicando su resultado anterior. La CDU cayó cuatro puntos (27,7%) y el SPD otros cinco (24,5%), mientras los Verdes se mantuvieron en el 13,6%. El politólogo Klaus Brinkmann, de la Universidad de Gotinga, calificó el resultado de «un avance preocupante de la ultraderecha en un bastión industrial del norte alemán».
Las próximas citas electorales, el 20 de septiembre en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín, medirán la capacidad de reacción del bloque gubernamental. Los sondeos otorgan la victoria a AfD en Mecklemburgo, mientras que en Berlín se espera que el partido de Kirstin Brinker duplique su resultado y se sitúe en primera posición. «Nunca hubiera creído, cuando fundamos la AfD en 2013, que algún día seríamos la fuerza dominante en Alemania. Incluso en Berlín, estamos a la par con la CDU y el partido de izquierda», declaró Brinker durante el acto de cierre de campaña.
Las causas profundas de un ascenso anunciado
El avance de AfD no es un fenómeno inexplicable ni espontáneo. La economía alemana lleva años virtualmente estancada —en 2025 el PIB creció apenas un 0,2%— y la creciente inquietud con la inmigración ha calado en amplias capas de la población. La coalición de gobierno entre la CDU y el SPD, disfuncional desde su nacimiento, ha alimentado el desencanto con la política tradicional que AfD capitaliza con eficacia.
«El avance de la extrema derecha en Alemania refleja un descontento generalizado con la clase política tradicional», señala el politólogo Cas Mudde, uno de los mayores expertos mundiales en movimientos de ultraderecha. «No se trata solo de inmigración. Se trata de la sensación de que los partidos tradicionales han dejado de escuchar a una parte significativa de la población».
La pregunta que sobrevuela la política alemana es si la CDU será capaz de revertir una tendencia que, según todos los sondeos, no ha hecho más que empezar. Y si Merz, el jefe de gobierno más impopular de la historia reciente de Alemania, sobrevivirá a un otoño que se anuncia especialmente turbulento. Mientras tanto, AfD observa con satisfacción cómo el muro que durante años trató de contener su avance se agrieta por momentos.

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