30 de agosto de 2026

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Islandia cierra la puerta a Bruselas: el «no» se impone en un reñido referéndum sobre la adhesión a la UE

Los islandeses rechazan por un ajustado 52,8% reanudar las negociaciones de ingreso, trece años después de su paralización. La soberanía pesquera y el temor a perder el control sobre sus caladeros han inclinado la balanza en una jornada histórica con una participación del 82,5%


Islandia ha vuelto a decir no a la Unión Europea. Los ciudadanos del país nórdico han rechazado este sábado, en un referéndum de resultado mucho más ajustado de lo que anticipaban los sondeos, la propuesta del Gobierno de reabrir las negociaciones de adhesión con Bruselas, paralizadas desde 2013. Con el escrutinio prácticamente concluido, el 52,8% de los votos se ha inclinado por el «no» frente al 47,2% que apostaba por el «sí». Una diferencia de apenas 12.600 papeletas ha decidido el futuro europeo del país.

La radiotelevisión pública islandesa, RÚV, dio por clara la victoria del rechazo durante la madrugada del domingo conforme avanzaba el recuento. La participación ha alcanzado el 82,5%, la cifra más alta registrada en el país desde las elecciones legislativas, lo que subraya la trascendencia de una consulta que ha polarizado a la sociedad islandesa.

Una pregunta trampa: no se votaba la entrada, sino la negociación

La precisión resulta fundamental para entender el alcance de la consulta: Islandia no ha votado directamente sobre su ingreso en la UE. La pregunta sometida a las urnas planteaba si el país debía reanudar las negociaciones de adhesión interrumpidas hace trece años. Una victoria del «sí» habría permitido regresar a la mesa con Bruselas y negociar las condiciones para una eventual entrada, que posteriormente habría necesitado otro referéndum. Los electores han detenido el proceso antes de alcanzar siquiera esa fase. La primera ministra, Kristrún Frostadóttir, había subrayado antes de la votación que Islandia no se uniría a la UE a menos que los votantes dijeran «sí» dos veces.

El resultado supone un duro revés para Frostadóttir, cuyo Ejecutivo socialdemócrata había presentado la consulta como la oportunidad de que los ciudadanos decidieran una cuestión que lleva décadas dividiendo a la sociedad islandesa. El Parlamento islandés aprobó la celebración del referéndum el pasado mes de mayo por 34 votos a favor y ocho en contra.

La pesca, el fantasma que siempre regresa

Detrás del rechazo aparece una de las cuestiones más sensibles para Islandia: quién controla sus aguas y sus recursos pesqueros. La pesca conserva un peso económico, territorial y simbólico difícil de comparar con el que tiene en la mayoría de los países europeos. Muchas comunidades costeras dependen directamente del sector, y una parte importante de los detractores de la adhesión teme que entrar en la UE obligue al país a someterse a las reglas de la Política Pesquera Común y reduzca su capacidad para decidir de manera independiente sobre cuotas y caladeros.

La campaña dejó esta cuestión en primer plano. El sector pesquero representa alrededor del 6,5% del PIB islandés y da empleo a miles de personas. Fisheries Iceland, la organización que agrupa a los armadores del país, advirtió durante la campaña de que una adhesión podría limitar la capacidad de Islandia para actuar como Estado costero independiente. La agricultura también generaba reservas ante una eventual adaptación a las políticas comunitarias.

Un contexto geopolítico cambiante

La celebración de este referéndum no se entiende sin el contexto geopolítico de los últimos años. La invasión rusa de Ucrania y, más recientemente, las tensiones en el Ártico —incluidas las declaraciones del entonces presidente estadounidense Donald Trump sobre la adquisición de Groenlandia— han llevado a muchos islandeses a replantearse su tradicional aislamiento. La seguridad del país, que no tiene ejército propio y depende de la OTAN para su defensa, se ha visto amenazada por la creciente actividad rusa en el Atlántico Norte.

Precisamente por ello, la primera ministra Frostadóttir defendía la reanudación de las negociaciones como una vía para reforzar la posición internacional de Islandia y garantizar su acceso al mercado único, especialmente en un momento en que el proteccionismo global vuelve a ganar terreno. Pero los argumentos económicos y geopolíticos no han logrado convencer a una mayoría de votantes, que han priorizado la defensa de la soberanía sobre los recursos naturales.

Una campaña polarizada y un resultado que deja heridas

La campaña ha sido intensa y, en algunos momentos, agria. Los defensores del «sí» alertaban de que Islandia quedaría aislada en un mundo cada vez más polarizado si rechazaba el acercamiento a Bruselas. Los partidarios del «no», por su parte, han movilizado el temor a perder el control sobre la pesca y han apelado al orgullo nacional de un país que ha construido su prosperidad sobre la base de su independencia económica.

El resultado, aunque favorable al «no», deja un mapa electoral dividido. En Reikiavik, el «sí» se ha impuesto en las dos circunscripciones de la capital: con un 55% en Reikiavik-Norte y un 54,5% en Reikiavik-Sur. Sin embargo, el voto rural y de las comunidades pesqueras ha inclinado la balanza hacia el rechazo, evidenciando la fractura territorial que subyace tras el debate europeo en Islandia.

¿Y ahora qué?

La derrota del «sí» cierra, al menos por ahora, la vía hacia la UE. Islandia solicitó su ingreso en 2009, las negociaciones se iniciaron en 2010 y se paralizaron en 2013. Desde entonces, el país no figura como candidato en la práctica institucional de la Unión. La consulta de este sábado era la primera oportunidad real de reactivar un proceso que llevaba más de una década en el congelador.

El Gobierno de Frostadóttir tendrá ahora que digerir la derrota y explicar a sus socios europeos por qué Islandia prefiere mantenerse al margen. Bruselas, por su parte, asiste con preocupación a un nuevo revés en su política de ampliación, en un momento en que la UE busca reforzar su peso geopolítico frente a potencias como China, Rusia y Estados Unidos.

Los islandeses han hablado. Y, por ahora, su mensaje es claro: prefieren seguir siendo un país soberano, dueño de sus aguas y de su destino, antes que un socio más en el proyecto europeo. La puerta de Bruselas sigue abierta, pero Islandia ha decidido no cruzar el umbral.

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