La capital de Kirguistán acoge desde este lunes la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), una cita que conmemora el 25º aniversario del bloque y que los líderes de China, Rusia, India e Irán han convertido en el gran escaparate de un orden mundial multipolar frente al unilateralismo de Washington. Sin embargo, bajo el discurso de unidad y cooperación, las profundas divisiones entre los miembros amenazan con convertir la reunión en un ejercicio de simbolismo más que en una alianza operativa.
El respaldo a Irán, entre la retórica y la prudencia
La cumbre se celebra en un contexto de máxima tensión: seis meses de guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán y cuatro años y medio de invasión rusa de Ucrania. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, viajó a Biskek con la expectativa de recibir un respaldo contundente de sus socios estratégicos. «Irán no busca la guerra, pero responderá firmemente a cualquier agresión», declaró horas antes de partir.
Pero el apoyo sobre el terreno parece limitarse a las palabras. Analistas consultados por diversos medios coinciden en que ni Pekín ni Moscú han mostrado disposición a respaldar militarmente a Teherán, y el respaldo económico ha sido igualmente modesto. «Podemos esperar una condena retórica de Estados Unidos, acorde con la propaganda habitual de China», señaló Jeremy Chan, analista sénior de Eurasia Group. «Pero Pekín también podría mostrarse reticente a poner el foco en lo ineficaz que ha sido la OCS para proteger la seguridad de uno de sus miembros».
Moscú y Pekín: socios, pero no aliados
Para Rusia y China, la cumbre representa una plataforma para demostrar que el cerco occidental no ha logrado aislarlos. Moscú busca mostrar que Putin no está solo en el escenario internacional, mientras que Pekín aprovecha la redistribución de contingentes militares estadounidenses en Europa y Asia para erigirse en interlocutor clave.
Sin embargo, la relación entre ambas potencias dista de ser un frente monolítico. Aunque mantienen una cooperación estrecha, China y Rusia compiten por influencia en Asia Central, una región que Moscú considera su patio trasero histórico. Además, el gigante asiático absorbe volúmenes récord de petróleo ruso e iraní con sustanciales descuentos, llenando sus depósitos estratégicos mientras sortea las interrupciones en el estrecho de Ormuz—un pragmatismo económico que no siempre casa con los intereses geopolíticos de Moscú.
La India: el socio incómodo
La presencia de Narendra Modi en Biskek añade una capa adicional de complejidad. Aunque India mantiene vínculos con Rusia y participa en la OCS, sus diferencias con China son profundas y bien conocidas. Nueva Delhi comparte con Pakistán —también miembro de la organización— una relación conflictiva que ha sido calificada por especialistas como uno de los principales obstáculos para la cohesión del bloque.
Para India, el encuentro tiene un componente principalmente estratégico y simbólico, más que la búsqueda de grandes acuerdos concretos. Como señaló Dinakar Peri, investigador del Carnegie India, la OCS permite a Nueva Delhi ocupar un lugar en una región cada vez más condicionada por la competencia entre grandes potencias, aunque quizá no determine por completo la agenda.
Irán: en busca de oxígeno económico
Teherán, por su parte, acude a la cumbre con la esperanza de encontrar un respiro frente a la asfixia financiera diseñada por Washington. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha amenazado con represalias masivas contra los facilitadores comerciales de la República Islámica, incluyendo sanciones secundarias que afectan a sectores como el oro, la tecnología, los activos digitales, la aviación y el transporte marítimo.
China, como principal importador de petróleo iraní, ha advertido que defenderá con firmeza sus intereses. Pero la capacidad de la OCS para traducir su peso geopolítico —el bloque agrupa a más del 40% de la población mundial y alrededor de una cuarta parte del PIB global— en mecanismos concretos de acción sigue siendo limitada.
25 años de «Shanghái»: mucho ruido y pocas nueces
Fundada en 2001 por China, Rusia y cuatro países de Asia Central, la OCS ha ampliado su membresía hasta incluir a India, Pakistán, Irán y Bielorrusia, además de contar con 15 «socios de diálogo» entre los que figuran Turquía, Arabia Saudí y Catar. Su declaración fundacional insiste en que no es «una alianza dirigida contra otros estados», pero Putin y Xi han utilizado repetidamente sus cumbres para pronunciar discursos antioccidentales y promover su visión de un mundo multipolar.
La cumbre de Biskek, sin embargo, pone de manifiesto una realidad incómoda: la OCS sigue siendo un foro de coincidencias retóricas más que un bloque con capacidad de acción coordinada. Mientras Irán busca protección militar y alivio económico, China y Rusia priorizan sus propios intereses estratégicos, e India observa con cautela desde la barrera. La fachada de unidad puede durar lo que dure la foto oficial.

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